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Enséñate a ti mismo2 min read

El Espíritu Santo intenta llamar a los cristianos religiosos de la Iglesia Primitiva a la sensatez de la fe, con una serie de preguntas.

Enséñate a ti mismo

El Espíritu Santo intenta llamar a los cristianos religiosos de la Iglesia Primitiva a la sensatez de la fe, con una serie de preguntas.

“Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se debe robar,
¿robas? Tú que dices que no se debe cometer adulterio, ¿adulteras? Tú que abominas los ídolos,
¿saqueas templos? Tú que te jactas de la ley, ¿violando la ley deshonras a Dios?”

– Romanos 2:21-23

Lo normal en la vida, sea en el área que sea, es que, antes de que cualquier cosa le sea enseñada a alguien, primero debe ser aprendida y aplicada por quien la enseña.
Ese principio tiene que ser aplicado sobre todo en las cuestiones espirituales, porque, ¿cómo puede una persona que no emplea las Enseñanzas Sagradas en su propia vida instruir a otros para que las ejecuten?
Cuando eso sucede, no hay armonía entre las palabras y la conducta; entonces, se crea un abismo entre la enseñanza y la práctica. Así, basta que estemos un poco más cerca de esa persona para que veamos con nitidez el vacío que existe entre lo que ella dice sobre la Biblia y lo que vive.

En sus palabras, el hipócrita muestra un determinado carácter, pero, en sus actitudes, revela otro, totalmente opuesto.
Pablo dijo que algunos de los judíos que se congregaban en la Iglesia robaban, adulteraban, saqueaban templos y muchas otras violaciones a la Ley.
En el caso de los saqueos a los templos, significa que, aunque aquellos judíos no fueran idólatras, robaban cosas de valor de los templos paganos, lucraban con el saqueo de esos lugares, y, además existía la posibilidad de que participaran del desvío de las ofrendas enviadas al Templo en Jerusalén.
Frente a eso, Pablo los exhortó para que cada uno se predicara a sí mismo y aplicara a su propia vida todo el conocimiento que poseía, en lugar de tener la osadía de predicar y enseñarles a los demás; a fin de cuentas, es muy contradictorio que una persona intente corregir a alguien de un error si ella misma está cometiendo actos muchos peores en lo oculto.

Mensaje substraído de: El Oro y el Altar (autor: Obispo Edir Macedo)

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