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El peligro del adulterio y cómo entró en la mente de David4 min read

El peligro del adulterio

El peligro del adulterio

Voy a comenzar hablando sobre el adulterio. Para eso, vamos a recordar la historia del gran rey David, el hombre según el corazón de Dios.

Cuando vemos su biografía relatada en las Escrituras, percibimos temor, obediencia y fidelidad. Sus oraciones y sus cánticos son tan espirituales que están incluidos en el canon bíblico, en el libro de Salmos.

David guerreó la mayor parte de su vida y conquistó mucho para Israel, pero, cuando se inclinó ante su carne, terminó cometiendo adulterio. Y experimentó el sabor amargo del sufrimiento y de la vergüenza.

Cómo entró el adulterio en la mente de David

En 2 Samuel 11, vemos que aquellos eran tiempos de guerra. En aquel período, los reyes salían para luchar contra sus adversarios, pero no fue eso lo que David hizo. En aquella guerra, mandó a Joab en su lugar, mientras se quedó descansando en Jerusalén.

En ese determinado momento, en que David prefirió disfrutar de la comodidad de su palacio, en vez de ir al frente de batalla con su ejército, perdió la lucha – no ante sus adversarios, sino consigo mismo.

Las circunstancias descriptas en 2 Samuel 11 nos revelan dos hechos importantes sobre la caída de David:

• Él estaba donde no debía estar. Su lugar, como rey de Israel, en aquel momento de guerra era junto a su ejér- cito, y no en el palacio.

• Él se relajó y se entregó a la ociosidad, en vez de batallar.

En medio de eso, David vio algo que le despertó un deseo avasallante, el cual devastó su vida:

“Y al atardecer David se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey, y desde el terrado vio a una mujer que se estaba bañando; y la mujer era de aspecto muy hermoso.”

– 2 Samuel 11:2

Al colocar sus ojos en Betsabé, David se postró ante el deseo de poseerla, aun sabiendo que ella era una mujer casada con uno de sus soldados más dedicados. Rápidamente, el rey despreció el hecho de que ambos estaban comprometidos con otras personas y de que aquel hecho era abominable a los ojos de Dios; y, así, cometió el adulterio con ella.

¿No es de ese modo también que hemos visto que sucede en nuestros días? Una vez que la persona se deja atraer por la codicia de sus ojos, se involucra con el pecado y se olvida de todas las consecuencias que vendrán. Piensa solamente en el placer momentáneo que tendrá, pero no considera que, al final de aquel acto, sufrirá dolores terribles.

A causa de eso, vemos a pastores que perdieron completamente el juicio y el sentido común delante de la tentación. Ignoraron las consecuencias espirituales y terrenales que vendrían sobre ellos y sobre su casa, al satisfacer sus voluntades carnales. Entonces, entorpecido por el pecado, no se acordaron de que tenían mucho que perder – como su comunión con Dios, su fe, su familia, su ministerio, y lo principal: su Salvación.

Tal vez hoy, al leer este libro, usted perciba en su vida indicios semejantes a los que implicaron la caída de David. Si usted no toma inmediatamente la decisión de alejarse de esa situación o de la persona que está seduciéndolo, será el próximo a ser incluido en la extensa lista de los que cayeron en la fe.

Y no piense que el adulterio ha sido un problema limitado solo a pastores. Muchas esposas de pastores han sido infieles y cometido el mismo pecado, traicionando a su marido y abandonando su hogar. Por eso, ¡esta alerta sirve también para ellas!

El engaño de muchos es descuidar dónde han “colocado” sus ojos y pensar que el deseo que nace de ese mirar queda solo preso al pensamiento.

Ya vi hombres casados adulterar porque un día miraron a una mujer más joven y más atractiva y la compararon con su esposa. Sin darse cuenta, esa mirada pasó a ser más prolongada y repetida, hasta que dio lugar a la emoción, a los sentimientos carnales y al derrumbe espiritual.

Si el gran rey David cayó espiritualmente, cualquiera de nosotros corre el riesgo de caer también, si no vigilamos. Reitero, por lo tanto, que no importa si usted es joven o de mediana edad, si tiene poco tiempo de casado o si ya ha cumplido las bodas de oro, todos tenemos una batalla diaria a trabar: la del Espíritu contra la carne. Y no piense que Dios lo librará de caer si usted, de manera voluntaria, se inclina hacia el mal.

Mensaje sustraído de: El Oro y el Altar (autor: Obispo Edir Macedo)

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