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El Oro y el Altar: Los Enemigos de Dios (Los Llamados «maestros de la ley»- Parte 2)2 min read

Los llamados "maestros de la ley" Parte 2

El Oro y el Altar

Los llamados “maestros de la Ley”

PARTE 2

Los escribas eran copistas de los Textos Sagrados y los únicos autorizados oficialmente en Israel a copiar la Ley escrita. A causa de ese oficio, tenían la Palabra de Dios bien memorizada y en la punta de la lengua, de manera que se jactaban de ser los más capacitados para instruir al pueblo.

Ellos presumían diciendo que su objetivo de vida era preservar las Escrituras; en la intimidad, sin embargo, no respetaban al Todopoderoso y, mucho menos, a Su Palabra, pues no la practicaban. Esos hombres dejaban a las Escrituras de lado para observar con rigor las tradiciones religiosas, como las muchas restricciones alimenticias, las adiciones innecesarias de reglas en cuanto a guardar el sábado, entre otras tradiciones que desagradaban a Dios.

Semejantes a los escribas eran los fariseos, un grupo de hombres que había decidido separarse de los demás judíos, en el siglo II a. C. Al principio, la intención de ellos parecía buena, pues aspiraban a vivir de manera más dedicada al Altísimo y a los valores de la fe. Pero, con el tiempo, formaron una secta impregnada de falsedad y ambición, cuya finalidad era sólo imponerles a los otros su propia doctrina y las tradiciones de sus antepasados.

Los fariseos eran conocidos en la sociedad como los hombres más fieles y correctos de su época; interiormente, sin embargo, la mayoría de ellos no poseía misericordia y era injusta, codiciosa y envidiosa.

En aquel tiempo, pertenecer a un grupo religioso era una noble distinción en la sociedad judaica y una marca de espiritualidad. Los escribas y los fariseos eran conocidos como hombres que vivían en perfecta comunión con el Altísimo. No obstante, por la apariencia, esos religiosos podían engañar a los hombres, pero no al Señor Jesús, que sabía bien que el corazón de ellos estaba sumergido en profundas tinieblas.

Por eso, la urgencia de ese mensaje del Señor Jesús, que tenía el propósito de prevenir a los discípulos y al pueblo para que no se contaminaran con los principios distorsionados y con las malas prácticas de los maestros judíos, pues ellos, en realidad, eran los enemigos de la fe.


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