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El Oro y el Altar: Los Enemigos de Dios (La Cátedra de Moisés- parte 1)2 min read

Ellos se creían tan santos y justos que se posicionaron como sucesores de Moisés, subiendo por cuenta propia a la “cátedra” de este.

Cátedra de Moisés Parte 1

Parte 1

“Entonces Jesús habló a la muchedumbre y a Sus discípulos, diciendo: Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés.” (Mateo 23:1-2)

La acusación Divina contra los escribas y fariseos era gravísima. Ellos se creían tan santos y justos que se posicionaron como sucesores de Moisés, subiendo por cuenta propia a la “cátedra” de este.

Para que usted pueda entender la cita bíblica anterior, es necesario comprender qué era una sinagoga y su importancia en la cultura judaica.

Con la destrucción del Templo y con el cautiverio babilónico, pasó a ser común que los judíos participaran de reuniones públicas en las cuales regularmente leían las Escrituras y oraban.

Las sinagogas, tan mencionadas en el Nuevo Testamento, podían ser fundadas en ciudades o pueblos, siempre que allí fuese confirmada la presencia de por lo menos diez hombres judíos respetados en su comunidad, para que pudieran presidir la enseñanza de la Ley.

En el interior de las sinagogas, había un asiento reservado para el líder más importante, indicando que él era el responsable por conducir la liturgia del culto. Había también algunos otros asientos destacados al frente, próximos al sagrario donde estaban los rollos de la Torá.

Los ocupantes de esos lugares eran reconocidos como los más notables y sabios de la región. Entonces, grande era la disputa para ostentar más obras y más “santidad” exterior, a fin de alcanzar la honra humana para sentarse allí́.

Es necesario destacar que los religiosos buscaban esa posición no porque consideraban a Moisés, sino a causa del prestigio propio, de la elevación social y de todos los favores que podían obtener con eso.

Moisés fue un hombre fiel y temeroso a Dios, escogido para liderar a los hebreos en la salida de Egipto rumbo a la Tierra Prometida. Su lealtad lo hizo celoso para transmitirle al pueblo solamente los Preceptos que el Altísimo le había dado.

Durante todo su ministerio, Moisés nunca se valió de su función de juez y legislador para obtener ventajas personales o recibir alabanza. Todo Israel lo respetaba y seguía sus instrucciones, pues lo reconocían como a una autoridad constituida por el Propio Dios, para guiarlos a la Verdad.

Por su parte, los religiosos usurparon la autoridad sobre el rebaño de Dios y se levantaron, por sí mismos, como guías de la nación. En vez de limitarse a enseñar las Escrituras, como Moisés había hecho, ellos defendían de manera férrea las tradiciones orales y las costumbres humanas que nada tenían que ver con los Preceptos Divinos. Llegaban, inclusive, a invalidar algunos Mandamientos Sagrados para imponer el cumplimiento de reglas o para obtener beneficios propios.

Continuará…


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