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Compasión por las almas perdidas (Parte 1)3 min read

Pero, ante ese dolor Divino, ¿quién llora, ora y trabaja para que los perdidos sean alcanzados a tiempo?

Compasión por las almas perdidas (Parte 1)3 min read

(Parte 1)

Es común que las personas lloren cuando sus seres queridos parten de este mundo. Pero, por no conocer las Sagradas Escrituras, muchas de ellas no le prestan atención al destino eterno de la propia alma y del alma de los que murieron.

El dolor que alimentan, por lo tanto, no es causado por la perdida de la Salvación de los que se fueron, sino porque los extrañan.

Peor, sin embargo, que la muerte física es la espiritual, ¡por eso no existe tragedia mayor que partir de este mundo sin estar salvo!

Ese es dolor que Dios siente al perder almas preciosas a cada instante. El Altísimo sabe que Su justicia exigirá que aquellos que Lo rechazaron sean condenados para siempre en la eternidad. Aunque Su Hijo haya dado Su vida en la cruz, Él no podrá darles acceso a la vida eterna si, antes de la muerte, no se entregaron con sinceridad en Sus Manos.

Pero, ante ese dolor Divino, ¿quién llora, ora y trabaja para que los perdidos sean alcanzados a tiempo? Pocos, muy pocos realmente, dejan todo de lado para darle prioridad a aquello que es prioridad en el Cielo: ¡la Salvación de las personas antes de su último día de vida!

Es triste, pero muchos pastores, obispos y obreros están indiferentes con relación a la multitud que camina rumbo al infierno, ¡por eso no pueden ser usados como instrumentos de Salvación!

Antes de que la Iglesia Universal del Reino de Dios naciera oficialmente, fue generado dentro de mí un deseo enorme de ganar almas. Yo no me conformaba con ver a un pequeño grupo de evangélicos recibiendo tanto alimento espiritual dentro de la iglesia, mientras había una multitud hambrienta de Dios del lado de afuera. Sentí el peso del deber de hacer algo más allá del simple hecho de lamentarme por aquellas personas.

Quiero destacar aquí que, cuando hablo de “peso”, eso no significa un peso de amargura o una carga, sino la responsabilidad de saber que la importante y urgente misión de anunciar las Buenas Nuevas fue dada a nosotros.

El Altísimo podría haberles confiado esta tarea a los ángeles, o podría hacerla Él Mismo, ¡pero nos la delegó a nosotros! Por lo tanto, está sobre nuestros hombros el privilegio de servirlo de esa manera.

Pero, al mismo tiempo que es un privilegio ganar almas, no existe trabajo en el mundo que nos cause más dolor que ese. Digo esto porque, así como un hijo terrenal no nace sin que su madre pase por los dolores del parto, un hijo espiritual no nace sin que antes pase por los dolores de la renuncia. No obstante, la agonía de un parto espiritual es mucho mayor que la de un parto natural.

Lo mismo vale para las recompensas de eso: el nacimiento espiritual trae mucha más satisfacción que el nacimiento terrenal.

Entonces, si usted quiere dar a luz almas, esté listo para pagar el precio que ese servicio a Dios exige. Es imposible que las almas sean salvas si no soportamos los “dolores de parto” por el Reino de Dios. A eso llamo sacrificio, algo que es extremadamente fundamental en la vida de los siervos del Altísimo.

Esos “dolores” nos impulsan no solo a suplicar, llorar y ayunar por los perdidos, sino también a ponernos en acción para alcanzarlos. Así, con determinación, vencemos cualquier limitación o barrera para llegar hasta ellos. Y aunque, en ese camino, suframos pruebas, desiertos e injusticias, ¡nada nos detiene, pues nada puede ser mayor que nuestros compromisos con el Altar!

Continuara…

Mensaje substraído de: El Oro y el Altar (autor: Obispo Edir Macedo)

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